Quizás el erotismo sea una de las pocas experiencias contemporáneas donde todavía es posible una transformación profunda. La obra de la artista y trabajadora s(t)exual Nina León explora los cruces entre escucha, poesía y deseo para imaginar formas de atención mutua en un mundo atravesado por el agotamiento.
En un hotel porteño Nina León toma la almohada y la usa como escritorio apoyándola sobre sus muslos. Sobre la cama hay un cuaderno que usa para anotar palabras que aparecen en la lengua mientras juega con sus clientes.
Ella dice frases, cita un poema, el cliente (o la clienta) se abre, habla. Agradece esa extraña cueva donde se ha metido, ajena al bullicio del afuera, detenida en un tiempo que no acelera.
Alguien, al fin, escucha, ¿eso es trabajo sexual?¿eso es erotismo?
En una época donde la atención es un recurso agotado y las conversaciones se fragmentan en mensajes breves, notificaciones y algoritmos, la pregunta parece menos extraña de lo que debería. Quizás el erotismo tenga menos que ver con los cuerpos desnudos que con la posibilidad, cada vez más rara, de estar realmente presentes.

El erotismo como serenidad
“Me está pasando de percibir mucho la rotura, el déficit de atención, la cuestión de la salud mental muy sobrepasada”, dice Nina cuando analiza los motivos que la llevaron a pensar Puta Poeta, la obra artística y erótica que fusiona poesía, performance y fiesta.
Cuando habla de esa experiencia holística, como la que se generó en Club Caledonia un sábado helado de mayo, usa muchas veces la palabra serenidad.
Si el arte erótico tiene algún corazón será responder esta pregunta latente: ¿Qué experiencias pueden producir serenidad en un mundo agotador?
“Fue la fecha más serena de todas. Nos sentimos compartiendo algo muy ritualero”, dice, chupa mate.
Los rituales, ciertas prácticas chamánicas y muchas formas de arte popular trabajaban simultáneamente con el cuerpo, el placer y la transformación subjetiva. Todo eso que hoy es demodé o destinado a un segmento específico del scrolleo puede ser recuperado sin falsas promesas ni individualismo.
La modernidad separó funciones que antes convivían: el arte quedó en las galerías, la espiritualidad en los templos, el placer en la intimidad y el cuidado en el consultorio.
Quizás por eso experiencias como las que imagina Nina producen una sensación extraña: parecen venir de un tiempo anterior y, al mismo tiempo, responder a necesidades profundamente contemporáneas.

Trabajadora del texto
Para Nina el erotismo no es un género ni una temática. Es una forma de mirar y de escuchar.
“Puedo estar tomando mate y generar una situación de erotismo desde esto mismo.”
Esta forma de comprender el erotismo y el trabajo sexual pareciera estar en la antípodas del trabajo sexual de plataformas, muy explorado en la narrativa actual (ver nota sobre Euphoria) y saturado de cliches sexistas.
En la experiencia que describe Nina, el encuentro sexual es una zona límite donde el erotismo toca algunas de las funciones históricamente atribuidas al arte: producir experiencias capaces de modificar a quienes participan de ellas. No aparece únicamente como intercambio económico ni como satisfacción de una necesidad física.
— ¿Creés que hay algo en el trabajo sexual que te permitió conocer aspectos del deseo humano que después aparecen en tu escritura?
— Lo que más me queda es la escucha atenta.
La escucha aparece una y otra vez. Como método de trabajo sexual y como método poético. En 2019 publicó Puta Poeta, un poemario que tuvo presentaciones performáticas aun antes de la pandemia.
En Puta Poeta Nina ya describía en versos “el sexo literario” como una oferta más de su abanico de servicios sexuales. Hoy experimenta ese cruce (o esa cruza) en escenas y experiencias artísticas colectivas.
Artista del cuerpo colectivo
Durante siglos las mujeres aparecieron en el arte como objetos de contemplación, pero rara vez como sujetos productores de relatos sobre el deseo. Nina le pega una patada a esa lógica. No solo escribe, narra y pone su propio cuerpo en escena: también crea condiciones para que otras personas puedan narrarse a sí mismas.
“Empecé a entender a las personas como espejos”, dice.
Ya no hay alguien que da y alguien que recibe. El trabajo sexual deja de ser un intercambio unilateral para volverse relacional. El encuentro permite espejarse, conectarse, más allá de la genitalidad.
Por eso Nina insiste en que gran parte de lo que aprendió no provino de los libros ni de la formación artística, sino de la experiencia compartida con otras personas.
“La clientela me enseñó a ahondar en mi propia escucha.”
Algunos estudios sobre performance sostienen que los cuerpos almacenan memoria y conocimiento. Nina parece llegar a una conclusión semejante por otro camino. Su obra surge de una acumulación de afectos, conversaciones y escenas corporales que fueron dejando marcas. Fueron convirtiendo a esos cuerpos en archivos vivos.
En un presente marcado por el aislamiento, la aceleración y el agotamiento, esa apuesta adquiere una dimensión política. No se trata de sanar a nadie ni de prometer transformaciones extraordinarias. Se trata de algo más sencillo y, quizás por eso mismo, más ambicioso.
“Si una persona sale un poco más liviana de lo que entró, yo ya gané.”

Los tejidos invisibles
Cuando Nina León habla de erotismo, rara vez habla de sexo en el sentido más llano de la palabra. Habla de atención. Habla de presencia. Habla de la posibilidad de habitar el tiempo de otra manera. De escuchar y ser escuchada. De construir situaciones donde algo pueda aflojarse, desplazarse o simplemente descansar.
Quizás por eso sus proyectos recientes se parecen menos a una obra terminada que a una invitación. Una invitación a detenerse. A leer un poema. A conversar. A compartir una experiencia estética o una fiesta.
Que hay erotismo en la posibilidad de generar atención mutua.
Nina suele volver a una misma imagen para pensar esos vínculos:
“Es como los hongos y sus tejidos micelares. No hay mucha vuelta, estamos todos conectados”.
Debajo de la tierra, el micelio conecta árboles, plantas y organismos que parecen separados. Transporta nutrientes, información y señales de alerta a través de una red invisible que sostiene la vida sin reclamar protagonismo.
“Somos esa misma naturaleza. Solo que nos desentendemos todo el tiempo de la naturaleza de la que venimos.”
Tal vez el erotismo de la escucha consista justamente en eso: recordar que debajo del ruido, la productividad y el agotamiento todavía existen formas de conexión que no pasan por el rendimiento. Como el micelio bajo la tierra, permanecen invisibles hasta que alguien crea las condiciones para volver a sentirlas.
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