¿Alguna vez entraste a una cabina de porno?
Desde mi llegada a Europa hace unos meses, mis paseos por las ciudades no han tenido tintes turísticos convencionales, han sido instancias de investigación situada, recorridos a los que he podido nombrar como mapeos contrasexuales. Una práctica de contra-mapeo en la que documento y cartografío algunos espacios urbanos donde se desarrollan prácticas sexuales disidentes o subversivas, así como las micropolíticas del deseo que emergen en ellos.
Uno de los primeros recorridos lo realicé en Ámsterdam durante finales de febrero; el Festival de Porno de Ámsterdam fue lo que me permitió viajar, y la bicicleta de Raquel - una de las voluntarias del festi - posibilitó la deriva entre canales y calles en medio del invierno.

Guy Debord pensaba la deriva situacionista como una técnica de desplazamiento urbano basada en abandonar un punto específico de llegada o recorrido y dejarse afectar por las fuerzas psicogeográficas de la ciudad y sus intensidades. Sin embargo, creo que mis recorridos se han alejado de esa formulación. No me pierdo para encontrar algo inesperado, me desplazo porque ya hay algo que quiero encontrar.
Mis recorridos por Ámsterdam, París, Bruselas, Zaragoza, Madrid, Valencia o Barcelona no han sido exactamente derivas situacionistas, más bien han sido búsquedas dirigidas hacia encontrar espacios específicos donde todavía persisten ciertas arquitecturas del deseo. Cabinas para ver porno, peep shows, sex shops con espacios de visualización, zonas de cruising, cuartos pequeños donde imagen y sexualidad sobreviven muy cerca de la vida vainilla de las ciudades.
Una especie de no lugar o un espacio liminal que está en ese entre, en un plano difuso entre lo privado y lo público; espacios en los que el orden urbano opera de maneras diferentes. Infraestructuras urbanas que permanecen activas aunque hayan sido expulsadas simbólicamente del relato oficial de las ciudades. También podrían pensarse como heterotopías eróticas: lugares reales que funcionan con reglas propias, que suspenden temporalmente ciertas normas sociales y reorganizan la relación entre cuerpo, tiempo, dinero y visualidad… pero lugares que suelen tener un público específico, varones. Entonces ¿Qué hago yo ahí?.
Más que una deriva, podría pensar este gesto como una especie de contra-cartografía sexual. Una práctica de orientación que intenta localizar aquello que suele quedar fuera de los mapas oficiales. Porque estos lugares existen, pero rara vez aparecen señalados como patrimonio urbano, como infraestructura cultural o como espacios legítimos de experiencia.
Así que me di a la tarea de googlear, preguntar a los locales y a las amigas cercanas que curten la noche. En estos recorridos quiero saber dónde se paga por mirar, dónde todavía existe una economía de la imagen sexual, dónde el deseo necesita encerrarse para suceder o en qué lugares públicos el deseo homosexual articula códigos de cruising.
Así que en esta búsqueda, encontrar estos lugares urbanos no ha sido ir a encontrar simples espectáculos. Ha sido encontrar otras tecnologías de la mirada.

Zonas Rojas. Desde la acera hacia la cabina. ¿Traes monedas?
Desde una experiencia latinoamericana, pensar en las zonas rojas urbanas es poner en imágenes la crudeza en torno a la precarización de las trabajadoras sexuales, producto de una serie de normativas abolicionistas. En las zonas rojas de Santiago, Buenos Aires o Medellín no hay grandes luces rojas, tarifas públicas y letreros luminosos. Aquí sí. O por lo menos en Amsterdam, Bruselas y París.
Lo primero que me seduce son las vitrinas. Es lo más famoso en el relato del Red Light District que sabíamos antes de llegar y también lo que visitamos a un costado de la estación Norte en Bruselas. Iluminadas por focos rojos y azulados, una diversidad de chicas sostienen su presencia frente a la mirada de curiosos, turistas y clientes. Quiero todos sus outfits. Divinas, te sonríen desde atrás del vidrio, algunas solo permanecen sentadas mirando el celular.
Un cartel carga la primera advertencia que deberías saber si decides caminar esas 4 a 5 cuadras. NO PUEDES TOMAR FOTOS. Carteles adheridos a las ventanas advierten valores por sobre los 300 euros de multa, las chicas golpean con firmeza los vidrios si te ven con el celular apuntándolas y lo más probable es que vayan por tí en un par de segundos. Aquí, en Red Light District, una primera regla que divide con claridad el funcionamiento de esta calle, de otras.
Vemos a un ruidoso grupo de hombres que envalentonan a uno de ellos. Gritan, se ríen, traen un evidente estado de embriaguez. Finalmente el chico de camisa se acerca a la vitrina - él, con el nerviosismo en la mandíbula y la torpeza al caminar -. Ella le abre, vemos que charlan y se pierden tras la puerta que hasta ahora no había visto. Detrás están las habitaciones.
A unos metros y del otro lado del canal se encuentra el lugar al que deseo llegar, el Sex Palace. Veo 2 filas que se arman en la entrada, una de ellas te dirige a las experiencias que contienen el recinto, la otra y en la que me formo primero. Te lleva directamente a una máquina de cambio.
Lo segundo que debes saber es que necesitas monedas de un euro para habitar el lugar.
El sistema de activación de las cabinas donde el público ingresa, me recuerda un poco a los tableros de tragamonedas o de juegos electrónicos que construía mi abuelo paterno, un artista al que entendí casi al final de sus años. Los monederos o ficheros mecánicos y electrónicos que instalaba en Wurlitzers, tragaperras y máquinas de juegos arcade se activan con el mismo gesto, la moneda seleccionada entra en la ranura y activa el sistema.
Tanto en el Peep Show, como en las cabinas de visualización de porno, podemos ingresar un máximo de dos personas, no así en las cabinas de sexo en vivo uno a uno. En ellas, las 3 monedas de Euro que indica un cartel solo permiten tener una visualización de la chica que puedes elegir en una pantalla y con el uso de una botonera.
Mentiría si dijera que recuerdo su nombre, pero la elegimos dentro de 5 chicas más. Llega y nos comenta que el valor de su tiempo por show es aparte, 20 euros, pero cada una. Y digo cada una, porque en este viaje me encuentro acompañada dentro de ese pequeño cubículo. Agradecemos, pero no tenemos tantas monedas. Un par de minutos más tarde y ya dentro del Peep Show, al descubrirse lo que hay detrás del vidrio grisáceo, la vemos a ella otra vez, pero esta vez al medio de una cama giratoria, retirándose las bragas con astucia.
También podemos ver al resto de clientes en las otras cabinas, mirando con asombro y risa nerviosa. Vemos a varias parejas, casi no hay cabinas ocupadas de manera individual. Podemos percibir que el espectáculo es una atracción turística en la manera en la que los cuerpos se disponen a la acción, realmente nadie está tocándose mientras la chica gira, se toca y nos mira. Dependiendo de la cantidad de monedas ingresadas en el fichero, puedes ver más o menos tiempo el show. Nosotras no estamos más de un minuto y medio y el vidrio se vuelve a poner gris.
Lo último que hacemos es entrar en unas cabinas de porno. Con las últimas monedas tratamos de entender el sistema de visualización. Un asiento cómodo nos permite ajustar el brazo a la altura de la botonera, pero no logramos entender del todo cómo cambiar de canal. Frente a nosotras un sistema que no habíamos visto antes. Múltiples canales con varias películas en ellos. Agotamos el tiempo que nos proporcionan las monedas, antes de elegir alguna que nos guste. Hacemos más que nada, una primera prueba. Se que requiero más tiempo para entender su funcionamiento, pero ya debemos irnos. Hago anotaciones en mi libreta y continúo.
Orgasmo en el subsuelo
Un par de semanas después visito a un amigo en su ciudad natal, Zaragoza. Una ciudad ventosa y con una arquitectura que me mantiene atenta a los detalles. En el centro, entre bares alojados en estrechas calles, y con la ayuda de Google Maps, descubro que el Sex Shop que pasé ya 2 veces en esa semana, tiene las cabinas de porno que quiero visitar, o Video Shows como se lee en la parte superior.

Ingreso y dos hombres que charlan en el mostrador se extrañan un poco cuando pregunto sobre las cabinas, pido cambio y bajo al subsuelo. Estoy sola. Frente a mí, justo al bajar las escaleras puedo ver una serie de carátulas de películas en DVD y la puerta de un baño abierta. Giro hacia mi derecha y me encuentro con el espacio de cabinas. Sonrío.
Observo y recorro los pasillos, mirando los detalles, el bullicio del turismo no está presente en ese lugar; lo puedo percibir también por el olor. Este espacio huele a sexo, no como el de Ámsterdam, supongo que también es porque no logro ver un sistema de ventilación. Intento encontrar detalles del uso del lugar, y a distancia puedo ver restos de orgasmos entre papeles sucios en tachos de basura. Después de unos minutos veo que en una de las cabinas hay un Glory Hole, decido encerrarme en ella.
Se que estos espacios son lugares de cruising, así que no me sorprendería que en algún momento ese agujero sea usado por alguien al otro lado de la pared de madera del cubículo. Tampoco me molestaría. Esta vez tengo más tiempo para comprender el sistema de canales y la botonera anaranjada luminosa. Me tomo el tiempo para saltar y elegir qué ver.
Desde videos sobre dominación, sexo gay y hetero, varios videos protagonizados por chicas trans, twinks y chicas asiaticas. Creo que estoy tan acostumbrada a ver posporno, que me cuesta un par de segundos poder disfrutar de esos videos con prácticas más normativas y que evidentemente están pensadas para un público específico.
Encuentro finalmente algo que me gusta y me quedo un rato ahí, meto otra moneda y fantaseo un poco con que alguien ocupe ese hueco en la pared. Subo el volumen del video, cuento las monedas que me quedan y me acomodo el short. Vuelvo a sonreír, y en la piel percibo que lo estoy disfrutando. Soy diestra, la misma mano que uso para masturbarme es la mano que uso para los botones, subo el volumen al máximo y acabo en lo que me permite el tiempo de una moneda más y el despliegue físico que puedo realizar en ese pequeño espacio de 1 x 1.
Al salir le hago algunas preguntas al señor del mostrador, al parecer la misma empresa tiene otro sitio similar a unas cuadras de ahí. Vuelvo a salir hacia los bares, estoy recién acabada y quiero sentarme en una terraza a beber un vermut y anotar la experiencia.
¿Qué hago yo en esos espacios?
Para Paul B. Preciado la arquitectura nunca es neutra; distribuye cuerpos, regula accesos, administra el placer. Si el museo moderno produce una pedagogía de la contemplación mediante la distancia, el silencio y la frontalidad, entonces me podría preguntar: ¿qué pedagogía produce una cabina de porno?.
Por supuesto que lo que me interesa de estos espacios no es solamente el sexo, ni tampoco el relato romántico de lo clandestino. Lo que me interesa es que son arquitecturas que organizan formas específicas de mirar y también generan una coreografía de acciones. Entrar, cerrar una puerta, sentarse, insertar monedas, elegir un canal, medir el tiempo de observación según el dinero disponible. El dispositivo nos enseña cómo mirar y cuánto tiempo podemos hacerlo. Produce una economía del deseo medida en minutos.
Quizás por eso estos lugares pueden pensarse como heterotopías eróticas o sexuales más que simplemente espacios liminales.
Lo liminal remite al umbral: aquello que está entre categorías, entre un estado y otro. Una cabina porno o de sexo en vivo parece operar ahí, entre lo público y lo privado, entre consumo y placer, entre espectáculo y masturbación. Pero la noción de heterotopía propuesta por Foucault agrega algo más interesante: son espacios reales que condensan reglas propias, que yuxtaponen temporalidades y acciones incompatibles con mi propia identidad de mujer. Estos espacios no están pensados para mí. Quizás en algunos en donde los espectadores son varones heteros, mi posición pueda ser la del cuerpo en observación, pero no la de usuario o cliente.
Me gusta pensar en este entre. Estoy allí, en ese entre porque es dentro de mi investigación, el lugar que aloja mi estar. Un entre que me permite pensar en que estos espacios pueden tener otros contextos, pueden devenir instalaciones vivas, pueden ser disparadores de creación para un nuevo proyecto en instancia de preproducción llamado Peep Show.
Una cabina es pequeña, pero puede contener a una ciudad entera. Y con un gesto tan mínimo como el poner una moneda en la ranura, el transeúnte común puede convertirse en cliente, usuario y consumidor. Dentro de un metro cuadrado aparecen relaciones entre capital e intimidad, tecnologías obsoletas, deseo contemporáneo, anonimato, exposición, vigilancia, fantasía.
Me pregunto, entonces, ¿qué relaciones posibles se pueden transpolar en el contexto de la performance o de las artes escénicas al llevar estos dispositivos a esas instancias?, ¿puéde esta nueva organización del espacio - economía convertir al espectador en un cliente?, ¿podría este gesto de intercambio económico cambiar mi categoría de actriz o performer a trabajadora sexual?, ¿qué sucede cuando hibridamos lenguajes y nos permitimos crear un arte prosex que anide esas contaminaciones?
En este proceso de pensar obra, no quiero representar un peep show ni teatralizar el trabajo sexual como una metáfora. Me interesa construir un espacio donde esas categorías entren efectivamente en fricción. Peep Show aparece entonces como una investigación contemporanea que asume deliberadamente ese roce entre trabajo artístico y trabajo sexual.
Un proyecto que no intenta distinguir con claridad dónde termina uno y comienza el otro, sino preguntarse qué economías, qué afectos y qué formas de intercambio aparecen cuando ambos comparten un mismo dispositivo. Si una cabina de porno transforma a un transeúnte en usuario, consumidor o cliente mediante el gesto mínimo de introducir una moneda, me interesa pensar qué ocurre cuando una performance adopta algunas de esas mismas lógicas y las desplaza hacia el campo artístico.
Algunas primeras pruebas han servido para pensar esta nueva performance que se constituye como el segundo capítulo de mi obra PORNOVIVIO II y también como un dispositivo híbrido entre instalación, performance, arte visual y arquitectura temporal. Durante enero del 2025, y junto a Charlie Difero, realizamos una serie de fotografías categorizadas como pornografía, para ser ser visualizadas en pequeños formatos y para ser proyectada en un proyector de diapositivas.
Esta obra fue a su vez pensada para poder ser una obra que girar por Europa, movilizarla y migrarla así como las mismas maneras que he tenido de moverme estos últimos meses. Siempre las tengo conmigo en una mochila. Me permite vender su visualización por algunas monedas.


También en Junio de este año y en colaboración con Louis, un ami artista de Zurich, pudimos cruzar nuestras investigación con una instalación que lleva el mismo nombre y en donde pude presentar una de mis películas dentro de ese espacio de visualización.
Lo siguiente es buscar financiamiento.
Dentro de este recorrido por ciudades, por lenguajes artísticos y por teoría prosex, el impedimento para pensar la producción de esta nueva pieza es el cómo. Así como recorro ciudades, también recorro convocatorias y formularios de inscripción a residencias.
Es un buen momento también para ampliar la búsqueda a mecenas y sugar daddies… creo que es justamente la manera más lógica de financiar esta nueva pieza escénica, así que a vos que estás leyendo esta crónica, te invito a interesarte por mi trabajo más en profundidad. Pero si estás por Valencia en Septiembre, quizás puedas ver un adelanto de ello. Voy a estar reconstruyendo pedazos de obra en una residencia en Artea Lab.
Están invitadxs a un recorrido performático junto a mí. Si ya llegaste hasta aquí en la lectura, este viaje entre rincones continua…

