Durante décadas el trabajo sexual en Chile habitó en una zona gris; era visible para la sociedad, pero quienes lo ejercían permanecían lejos del reconocimiento y la protección. En ese espacio apareció Clara de las Nieves Morales Oyarzún, conocida como La Chinoska.

Durante los años 80, 90 y parte de los 2000, su nombre estaba asociado a delitos, violencia y persecuciones policiales. Sin embargo, quienes la conocían desde la calle la miraban de otra manera; como una mujer que defendía a otras cuando la noche se volvía peligrosa.

Su historia no es fácil de ordenar. Está el archivo judicial con delitos, persecuciones y una captura que incluso involucró a una agente infiltrada de la Policía de Investigaciones (PDI). Está también el archivo de los medios que convirtió a La Chinoska en un personaje policial, una mujer peligrosa vinculada al crimen y buscada por la justicia.

Pero existe otro relato menos documentado y mucho más difícil de encontrar. El de una mujer que, en un contexto donde las redes formales de protección dejaban a muchas personas fuera, terminó asumiendo por su cuenta una tarea que las instituciones no cumplieron entonces y que todavía hoy dejan pendiente. 

En una entrevista realizada por la periodista Alejandra Delgado en 2002 y publicada posteriormente en The Clinic, La Chinoska recuerda parte de su historia y su vínculo con las mujeres que ejercían el trabajo sexual. Ante la pregunta “¿Todavía defiendes a las trabajadoras sexuales?”, Clara de las Nieves Morales Oyarzún respondió:

“Sí, porque yo nací de una de ellas”.

La frase dura apenas unos segundos, pero abre una historia mucho más grande.

Un trabajo visible pero fuera del sistema

Para entender la historia de La Chinoska hay que mirar primero el Chile en el que apareció.

El trabajo sexual no era algo nuevo. Durante gran parte del siglo XX había formado parte de la vida urbana del país. Estaba en barrios, calles, prostíbulos y espacios nocturnos. Era conocido y visible, pero eso no significaba reconocimiento.

Históricamente la prostitución fue abordada desde la regulación, el orden público y la moral. El Estado establecía dónde podía desarrollarse, qué espacios podían funcionar y bajo qué condiciones. Mientras tanto, la sociedad construía sobre estas mujeres una serie de prejuicios que las situaban en los márgenes.

La contradicción era evidente, todos sabían que existían, pero las instituciones no estaban dispuestas a reconocerlas como sujetas de derechos.

Durante la dictadura militar de Augusto Pinochet, entre 1973 y 1990, esta relación entre visibilidad, estigma y control se desarrolló dentro de un contexto político marcado por el autoritarismo. La investigación “Mujeres peligrosas: Prácticas discursivas del Estado chileno en relación con la prostitución, el comercio sexual y el trabajo sexual”, de Jacqueline Espinoza-Ibacache y Lupicinio Íñiguez-Rueda, muestra cómo el lenguaje utilizado por el Estado continuó definiendo a estas mujeres desde categorías como “prostitutas” y “mujeres públicas”, mientras la actividad era abordada principalmente como una cuestión de regulación y control.

Su análisis de la legislación chilena permite observar que el Estado establecía normas sobre sus espacios de trabajo y definía los límites de lo permitido, pero no las reconocía como trabajadoras con derechos laborales.

La dictadura terminó, pero esa condición no desapareció.

Durante los primeros años de la democracia chilena comenzó a surgir algo nuevo: las trabajadoras sexuales empezaron a organizarse para hablar en primera persona.

En 1993 nació la Asociación Pro Derechos de la Mujer Ángela Lina, bautizada en memoria de una trabajadora sexual asesinada. Su aparición fue parte de un proceso de organización que buscaba enfrentar la violencia y defender los derechos de mujeres que durante décadas habían sido habladas y representadas por otros.

Durante los años noventa comenzó a ganar espacio la expresión trabajadoras sexuales. No era solamente una cuestión de lenguaje, implicaba disputar la idea de que aquellas mujeres eran únicamente “prostitutas” y comenzar a situarlas como trabajadoras capaces de organizarse, reclamar derechos y participar en el debate público.

En 2004, el Sindicato Nacional Independiente de Trabajadores Ángela Lina, junto a otras organizaciones, denunció ante Carabineros redadas, detenciones arbitrarias y maltrato contra trabajadoras sexuales .

Es así como comenzó a gestarse un cambio importante. Las mujeres que durante décadas habían sido definidas desde afuera empezaron a organizarse para reclamar el derecho a definirse a sí mismas.

Y ese contexto es clave para entender a La Chinoska.

La mujer detrás del personaje

Clara de las Nieves Morales Oyarzún nació en 1957 en la población de San Rafael en la comuna de La Pintana, Santiago de Chile. Su madre también era trabajadora sexual, un antecedente que permite entender parte del mundo en el que Clara creció y el vínculo que, años más tarde, desarrollaría con otras mujeres que ejercían el mismo oficio.

Su infancia estuvo marcada por la precariedad. Volviendo a la entrevista con Alejandra Delgado, relató haber crecido en un entorno donde la violencia estaba presente desde pequeña, observando los golpes que sufría su madre y enfrentando una realidad en la que las redes de apoyo parecían prácticamente inexistentes. 

A los 14 años dejó su hogar y llegó hasta Plaza de Armas, el centro neurálgico de la capital chilena. Allí comenzó a ganarse la vida cantando flamenco y fue también en ese lugar donde entró en contacto con trabajadoras sexuales. Mujeres que muchas veces no tenían dónde dormir. Mujeres que enfrentaban agresiones. Mujeres que no siempre podían acudir a las instituciones cuando algo ocurría. Poco a poco, La Chinoska empezó a ayudarlas.

Según relata en la entrevista, comenzó pagando habitaciones para algunas mujeres que no tenían alojamiento. Con el tiempo, empezaron a buscarla cuando había problemas. La Chinoska terminó ocupando una especie de lugar de protectora informal, una persona a quien acudir cuando un cliente se volvía violento o cuando alguien necesitaba ayuda.

Por eso, en su historia es imprescindible mirar a la persona antes que al personaje. Su vínculo con las trabajadoras sexuales no comenzó cuando apareció en los titulares, sino mucho antes; en una historia familiar marcada por la violencia y en una adolescencia en la que aprendió a sobrevivir en las calles de Santiago. 

La peligrosa asesina: cómo se construyó la imagen pública

La historia de La Chinoska quedó registrada principalmente desde otro lugar: el archivo policial.

Durante los años 80 y 90, su nombre comenzó a aparecer asociado a hechos violentos, persecuciones y delitos. La mujer que había construido vínculos con otras personas en las calles de Santiago comenzó a convertirse, en los medios, en un personaje completamente distinto. Una mujer peligrosa, buscada por la policía y capaz de enfrentarse violentamente a quienes se cruzaban en su camino.

Un reportaje de TVN titulado “Historia de una peligrosa asesina: Cómo encontraron y capturaron a ‘La Chinoska’”, emitido en Muy Buenos Días, reconstruyó su historia desde la investigación policial y su captura.

El reportaje forma parte del archivo televisivo sobre el caso y presenta la operación mediante la cual una detective de la PDI se infiltró durante meses en el mundo donde La Chinoska se movía.

Actualmente, su historia volvió a circular a través de medios que retomaron su trayectoria y su figura como uno de los personajes policiales más recordados de Santiago. BioBioChile, por ejemplo, retomó el caso en una noticia publicada en junio de este año, centrado nuevamente en la persecución que terminó con su captura.

Los relatos tienen algo en común: La Chinoska aparece principalmente a través de sus delitos.

Cuando una vida entra al archivo policial, suele quedar ordenada de una manera bastante particular: delito → investigación → persecución → captura. Es una estructura clara, pero una vida humana rara vez funciona así.

La infancia, los vínculos, las personas que la rodeaban y las circunstancias que la llevaron hasta determinados lugares quedan muchas veces reducidas a contexto.

No significa que los delitos no importen, significa que un expediente puede contar lo que una persona hizo sin necesariamente explicar quién era.

Las dos caras de la moneda

Mirar la historia completa de La Chinoska obliga a sostener dos ideas al mismo tiempo.

Sí, cometió delitos. Sí, enfrentó procesos judiciales. Sí, hubo personas afectadas por sus acciones. Sin embargo, también existió otra dimensión de su vida que no aparece con la misma fuerza en los archivos policiales.

La de una mujer que construyó vínculos con personas que vivían en condiciones de extrema vulnerabilidad. La de alguien que defendía a quienes eran víctimas de violencia.

Víctima v/s victimaria. La Chinoska no encaja cómodamente en ninguna de las dos categorías.

Fue víctima de violencia y también la ejerció. Fue perseguida por la policía y, al mismo tiempo, construyó vínculos de lealtad con personas expuestas a esa misma violencia. Fue una mujer marginada, pero también alguien que adquirió poder dentro de un espacio donde las formas institucionales de protección eran inexistentes.

Reconocer esa contradicción no significa justificar sus delitos, tampoco significa convertirla en heroína. Significa aceptar que una persona puede contener historias que parecen incompatibles.

Lo que queda cuando nadie llega

La pregunta final es, ¿qué pasa cuando una persona necesita protección y no encuentra dónde pedirla?

La historia de La Chinoska ocurre antes de buena parte del proceso mediante el cual las trabajadoras sexuales comenzaron a organizarse y a disputar públicamente la mirada que existía sobre ellas.

En ese contexto surgieron otras formas de protección: más informales, más precarias y, en ocasiones, también violentas. La Chinoska fue una de ellas.

Quizás por eso, casi veinte años después de aquella entrevista con Alejandra Delgado, la historia de La Chinoska sigue encontrando nuevas formas de aparecer. Está en los archivos de televisión, en la prensa, en los relatos policiales y también en la memoria de quienes la conocieron. 

La Chinoska no necesita convertirse en una santa para que su historia importe. Tampoco necesita ser absuelta de sus delitos para que podamos preguntarnos qué circunstancias contribuyeron a construir a esa mujer.

Al final, su historia habla de algo más difícil de mirar que un expediente criminal; qué ocurre con las personas que crecen en lugares donde la protección llega tarde, mal o simplemente no llega.

Clara de las Nieves Morales Oyarzún fue una de ellas y, durante un tiempo, también lo fue junto a otras mujeres que caminaban por las mismas calles de Santiago.

Kathy Molina Chacón es periodista y Licenciada en Comunicación Social. Escritora de artículos periodísticos e investigativos para medios y revistas, con publicaciones en temáticas como cultura, género, salud, comunidades y derechos humanos. Ha colaborado en El Mostrador, donde reúne crónicas, entrevistas y reportajes de enfoque social y cultural. Cuenta con experiencia en comunicación estratégica para organizaciones, fundaciones, proyectos y entidades estatales de Chile, especializándose en la creación, gestión y ejecución de estrategias de comunicación multimedia orientadas al fortalecimiento de la vinculación con comunidades a nivel local y nacional. Trabaja en equipos interdisciplinarios desarrollando contenidos, campañas, narrativas institucionales y líneas editoriales, aportando una perspectiva comunicacional integral y sensible al contexto social.