Es de público conocimiento que la sexualidad en general se encuentra enormemente juzgada y atrapada bajo numerosos tabúes. Es de esperarse entonces que el trabajo sexual sea aún más polémico, hipótesis confirmada puesto que todavía es un tema que se debate con recelo y entre sombras, y reconfirmada en tanto que para publicitar artículos como el presente deba ser necesario censurar palabras en ciertas plataformas. 

Pero el prejuicio no termina allí. Dentro del trabajo sexual hay una parte que es incluso más invisibilizada que el resto: los sexoservidores masculinos

Cuando se toca el tema del trabajo sexual, que ya de por sí cuenta con mucho menos abordaje que otros sectores laborales, tanto desde lo social como desde lo científico, raro es encontrarse con investigaciones que incluyan a la población masculina que trabaja en dicho ámbito.

Por fortuna, cuando sí se encuentra información, el resultado es muy interesante: existen similitudes entre los trabajadores sexuales hombres y las mujeres que se dedican a este ámbito, pero también hay divergencias. Las motivaciones, los tipos de servicios disponibles, y la clientela varían cuando se trata del género masculino. Sumado a ello, los hombres no escapan de los estereotipos impuestos al género y al trabajo sexual, es más, se agravan. Esto mismo es lo que nos proponemos revisar en el presente artículo.

¿Qué eligen los trabajadores sexuales? 

Hace algunos años, al pensar en el trabajo sexual, se evocaba seguramente el entorno de la vía pública. Es decir, para encontrar a un/una sexoservidor/a era necesario recorrer ciertas calles específicas o acudir a establecimientos particulares: por ejemplo, cabarés o “lugares de citas”, donde difícilmente la persona lograría trabajar sola (por lo general, había intermediarios que tomaban decisiones sobre los trabajadores a cambio de una supuesta “protección”).

Otra alternativa era realizar publicaciones “disfrazadas” en diarios, o entregar tarjetas y folletería, también en la vía pública. En menor medida, existía el trabajo sexual oral a través de telefonía fija, donde el contenido era exclusivamente hablado/escuchado. 

Actualmente, el acceso al trabajo sexual se ha modernizado, gracias a la expansión de la internet y de las redes sociales. Hoy se habla de entornos cerrados, mediados mayormente por la web, donde se han reconfigurado varios elementos, entre ellos, los factores de riesgo. 

La distancia física puesta en juego por los dispositivos móviles permite que los trabajadores sexuales no se vean expuestos a ciertos peligros que en el pasado eran de algún modo inevitables. Mediante la mensajería y los perfiles en línea, el trabajador tiene la posibilidad de elegir con quien se comunica, revisar a quien ofrece sus servicios, y decidir las características de los mismos, ya que hoy en día el servicio puede tratarse de intercambios virtuales y no necesariamente de encuentros físicos, dependiendo de las elecciones de cada trabajador.

A propósito, existen aplicaciones creadas específicamente para el intercambio sexual entre trabajadores y clientes. De esta manera, se habla de una reducción de daños, puesto que los/las sexoservidores no se exponen a violencias directas ni a personas completamente desconocidas.  

Sumado a ello, ya no es común encontrar terceros que estén involucrados en el intercambio entre trabajadores y clientes. Antiguamente, los proxenetas o “madamas” se llevaban parte de los ingresos de las personas sexoservidoras, y eran quienes elegían a los clientes, sin que el/la trabajador/a tuvieran un decir. Afortunadamente, en el tiempo presente el sentido de agencia de cada sexoservidor se ha potenciado, en tanto es cada trabajador/a quien decide cómo, dónde, con quién, y los protocolos de seguridad que serán llevados a cabo en cada ocasión. 

En este caso, podemos hablar de un punto en común entre los hombres y mujeres que ejercen el trabajo sexual, ya que es posible para todos gozar de la seguridad de las redes, y es la manera que la gran mayoría elige para difundir su trabajo y conseguir clientes

Un aspecto en el que difieren tiene que ver con la distinción entre la identidad sexual personal y aquella puesta en práctica durante los encuentros sexuales pagos y/o la creación de contenido para los clientes. 

Identidad sexual fluida

Si bien la clientela del trabajo sexual es amplia y depende de muchos factores, como el género, la orientación sexual, la edad, la cultura, entre otras, podría decirse que la mayoría de los clientes que acceden a los servicios sexuales son hombres, y sus deseos suelen ser muy variados. Existen clientes hombres que buscan trabajadoras sexuales mujeres, y muchos otros que eligen a sexoservidores del género masculino.

Al respecto, algunos investigadores han evidenciado que las prácticas sexuales que el sexoservidor hombre está dispuesto a llevar a cabo no siempre coinciden con la identidad sexual real. En otras palabras, existe en algunos casos una desconexión entre cómo se autoidentifica el sexoservidor en la esfera privada, junto a los hábitos sexuales que le gustan y que elige en su propia vida sexual, en contraste con aquellas prácticas eróticas que está predispuesto a realizar en el ámbito laboral sexual.

Muchos trabajadores sexuales hombres se autoidentifican como heterosexuales, pero esto no los previene de atender a clientes del mismo género. 

Acerca de ello, cabe mencionarse un concepto utilizado en la literatura científica con el mero propósito de dar una descripción objetiva del fenómeno, pero que, en el ámbito social y cultural, por ejemplo, dentro de la comunidad LGBTIQ+ podría sentirse como un agravio. El término en cuestión es “Gay for Pay” (1), y se utiliza para identificar a aquellos sexoservidores que no tienen impedimentos a la hora flexibilizar su propia identidad sexual mientras sea por motivos laborales y/o económicos. 

Esto último podría deberse a una desigualdad social estructural presente en numerosos países: si bien existen muchas mujeres clientas del trabajo sexual, se sabe que en general los hombres tienen acceso a más recursos que las mujeres (por ejemplo, mejores sueldos, mayor presencia en posiciones de liderazgo en empresas, menos interrupciones en sus estudios y trabajos debido a que no transcurren embarazos ni lactancias, etc.).

Como resultado, la economía de hombres y mujeres suele ser muy diferente, siendo los hombres quienes cuentan mayormente con mejores condiciones económicas. Esto, como consecuencia, hace evidente que el mercado de hombres que buscan sexoservidores hombres sea mas rentable y dinámico que el de mujeres que buscan trabajadores hombres

Desde la mirada científica, de ninguna manera esto se considera una crisis identitaria, al contrario, es una decisión en extremo racional: se instrumenta la corporalidad según la demanda existente al momento de trabajar. Los autores acuerdan en cuanto a que es simplemente una conducta laboral, y sirve a su vez para demostrar que la identidad sexual personal no siempre es coincidente con el comportamiento sexual profesional

Estereotipos de género y estigma social

Como se menciono antes, el término “Gay for Pay” utilizado en el ámbito social-coloquial puede ser interpretado con una carga negativa. Algunas personas de la comunidad LGBTIQ+ consideran injusto “gozar” de los privilegios culturales de ser heterosexual mientras que se genere una “ganancia” proveniente del mercado gay.

Esta situación es problemática porque no hace más que juzgar al trabajador, mientras que, a la vez, invalida la bisexualidad (innata según Freud, teorizada hace más de 100 años) y la fluidez sexual, en tanto el ser humano es capaz de atravesar exploraciones y cambios en sus deseos, y ello no significa que haya algo malo o problemático con la persona. Lo erróneo sería asumir que el deseo es estático e inamovible

Lamentablemente, este no es el único prejuicio que oscurece a los trabajadores sexuales hombres. Existen varios estereotipos impuestos al género masculino que no pierden su potencia en estos casos. 

Los estereotipos de género son ideas y comportamientos que, sin ningún sustento científico, han sido atribuidas especialmente a uno u otro sexo, teniendo en cuenta únicamente entonces a lo masculino y lo femenino, gracias a una mirada sesgada por la medicina y la religión.

El ejemplo clásico y que se proyecta en el trabajo sexual es la creencia de que un hombre debe ser exitoso a través de su capacidad intelectual o de la fuerza de su cuerpo, cuestión que sería observable mediante el éxito laboral en el mercado tradicional. En cambio, se atribuye a la mujer la obligación de ser exitosa mediante su belleza, o en su defecto, su cuerpo. 

Sucede que, cuando un hombre elige dedicarse al trabajo sexual, invierte este preconcepto tradicional: emplea su belleza, su corporalidad, su conocimiento sexual y emocional, y su capacidad de dar placer a otros como su herramienta laboral predilecta. Estudios de género leen esta situación como causante de una “penalización social” por parte de sectores tradicionales y para nada deconstruidos de la sociedad, en tanto no se estaría llevando a cabo lo que, supuestamente, es correcto que un hombre haga para ganarse la vida.

Se ha llegado a considerar esta elección como errónea o resultante únicamente de un fracaso en el mercado laboral, invisibilizando así la idea de que un hombre pueda elegir esta profesión con los mismos criterios con que otros optan por trabajos tradicionales.  

“Ser Macho”: la performance en contraste a la ansiedad de rendimiento

Finalmente, cabe destacarse un estereotipo que pesa sobre la masculinidad en general debido a un hecho biológico: la erección del pene representa simbólicamente el poder, la autoridad, la capacidad y la “hombría”. En casi todos los ámbitos y culturas, pero especialmente en el trabajo sexual, ocurre que se piensa a los encuentros sexuales como completos únicamente si cuentan con penetración.

Ahora bien, en las mujeres sexoservidoras, su hacer no depende de ninguna respuesta fisiológica en particular, diferente al caso de los hombres, donde se espera necesariamente una erección, lo que lleva a una vivencia muy estresante por parte del hombre sexoservidor: tener que generar sí o sí una respuesta física ante los estímulos eróticos para que pueda darse la penetración. Esto deja por fuera de consideración a los factores ambientales del encuentro (la atracción por la/el cliente, el cansancio, etc.), como si el cuerpo del trabajador fuera automático, una máquina, que jamás debería fallar. 

Como es esperable, esto repercute negativamente en el quehacer del trabajador sexual, volviéndose un círculo vicioso difícil de controlar y que afecta directamente al resultado laboral y económico. 

Conclusión

Es verdad que muchos estereotipos y juzgamientos pesan sobre el género femenino. Sin embargo, es necesario dar lugar a aquello que sale de la mayoría, puesto que el trabajo sexual es un ámbito muy amplio, con características complejas y muy variadas. En función de ello, visibilizar a la población de sexoservidores hombres es fundamental para romper con ideas antiguas y sin sustento, aportando a la libre elección de las personas. 

Los hombres también ven oscurecidos sus deseos y posibilidades simplemente por su género, llegando incluso al empleo de fármacos -sin patologías previas ni disfunciones orgánicas-, obligados por los estereotipos

La ansiedad, el estrés, y las expectativas sociales afectan a todas las profesiones, y no debe considerarse al trabajo sexual -y particularmente a los hombres- como exento de dicho peso. 

Quedará pendiente para un próximo artículo, con el objeto de seguir con la difusión de conocimiento sobre el trabajo sexual, abordar en detalle las diversas clientelas que eligen unos u otros servicios y géneros dentro del trabajo sexual.  

Notas

(1) Es importante recalcar que en el presente artículo se emplea dicho concepto pura y exclusivamente desde lo académico.

Bibliografía 

  • Javaid, A. (2020). Sex and the city: Male sex work and the Negotiation of stigma and masculinities. In Globalization and Its Impact on Violence Against Vulnerable Groups (pp. 95-121). IGI Global Scientific Publishing.
  • Siegel, K., Sundelson, A. E., Meunier, É., & Schrimshaw, E. W. (2022). Perceived stigma and stigma management strategies among online male sex workers. Archives of Sexual Behavior51(5), 2711-2730.
  • Smith, M. D., Grov, C., Seal, D. W., Bernhardt, N., & McCall, P. (2015). Social–emotional aspects of male escorting: Experiences of men working for an agency. Archives of sexual Behavior44(4), 1047-1058.
  • Tiefer, L. (1994). The medicalization of impotence: Normalizing phallocentrism. Gender & society8(3), 363-377.
Valentina Stagno es Licenciada en Psicología de la Universidad de Buenos Aires y ha finalizado su posgrado en Sexología Clínica. Trabaja/se ha formado en Psicoanálisis y en Terapia Sistémica. Ha realizado 2 diplomaturas en Educación Sexual, una con eje en géneros, diversidades y derechos, y otra específicamente para personas con discapacidad/neurodiversas. Se ha desempeñado como docente en cursos y materias universitarias vinculadas a la Educación Sexual Integral, a la Ética y Derechos Humanos, al Abuso Sexual, entre otras, en la UBA y en otras instituciones. Ha participado como autora en múltiples congresos internacionales y nacionales, abordando temáticas como Vínculos virtuales, pornografía y Tecnologías en la adolescencia, abuso sexual infantil, grooming, sexting, diversidad familiar, bioética y cine, entre otros. Su experiencia clínica incluye atención a niños, adolescentes, adultos, parejas y familias. Además, ha dictado talleres de ESI en contextos educativos y colaborado en traducciones del español al inglés y viceversa. Ha estudiado Italiano y Francés. Cuenta con experiencia en la docencia y en la investigación académica y científica.