Seguramente, sin importar tu edad, si hablas español alguna vez escuchaste la expresión “viejo verde”. Esta se usa -errónea y lamentablemente- para señalar a adultos mayores, más específicamente a hombres, que demuestran deseos o conductas sexuales, ya sea hacia otras personas o en cuanto a sí mismas.
Esta frase no es inocua, sino que a propósito se utiliza de manera despectiva, intentando denotar que aquella persona de mayor edad esta errada al tener cualquier tipo de intención referida al ámbito de lo sexual.
De la misma forma, acostumbramos a llamar “abuelo” o “abuela” a cualquier persona que identifiquemos como perteneciente a la tercera edad. Y de todos los abuelos y abuelas se suele esperar -culturalmente hablando- que sean tiernos, dedicados a la familia y más que nada a sus nietos, sean sabios y compañeros.
A su vez, los abuelos son, podríamos decir, simbólicamente castrados por sus familiares y entorno social, en tanto se supone que estos ya dejaron atrás la actividad sexual, los deseos y fantasías, sumado a que su hora “productiva” y de “diversión” habría quedado relegada a su juventud, siendo en la vejez solo una añoranza.
Son innumerables los hombres y las mujeres de la tercera edad que, al conversar sobre sexo, aseguran que “uno ya no esta para eso”, o que “eso es cosa para cuando uno todavía es joven”, e incluso “para qué, si ya tuve a mis hijos y encima tengo nietos”, como si la sexualidad tuviera fecha de vencimiento o debiera únicamente emplearse a fines reproductivos.
Al mismo tiempo, cabe decirse que, por desgracia, los tabúes y mitos que rondan a la tercera edad son cuantiosos. En numerosas culturas son vistos como un “peso” para sus familias, entes que deben ser objeto de cuidado por parte de los más jóvenes, alguien que debe proveer ternura -únicamente- y pasar tiempo con sus nietos; y en este sentido, pareciera que la ternura puesta en juego a la hora de compartir con la familia no podría coexistir en un cuerpo que contenga deseos lujuriosos y fantasías sexuales diversas.
La sexualidad: flexible pero permanente
En la actualidad, el envejecimiento está mal visto, y hay cada vez más cosmetólogos, esteticistas, dermatólogos, cirujanos, entre otros, ofreciendo al mercado nuevas cremas, tratamientos, cirugías y maquinaria para controlar los efectos visibles que demuestran el paso de los años. Y gracias a las redes sociales y al marketing, actores y actrices, influencers, deportistas, y más, recomiendan su uso e intentan instalar la ocurrencia de que las canas, las arrugas, la piel flácida, todo puede ser “resuelto”. Lo que subyace a esta idea de que es necesario contrarrestar toda señal de la edad es un mensaje subliminal que dice “ser viejo/a está mal”.
Como si eso fuera poco, a las personas de la tercera edad se las suele tratar como si no tuvieran poder de decisión, como si ya no sirvieran, y hasta se las deja por fuera de un gran mercado: la vestimenta. Esta, que se produce masivamente, supuestamente no debería ser la misma para todas las edades, comercializando así “ropa de viejo/a”, prendas pensadas y realizadas para ser usadas por esta generación: con cuellos altos, camisas abotonadas, pantalones largos para los hombres y polleras por debajo de las rodillas para las mujeres; medias largas que no dejen ver la flexibilidad de la piel, que la hagan ver tensada.
Los estilistas y peluqueros suelen recomendar cortes “clásicos” a las mujeres, pelo corto, por encima de los hombros o aún más arriba. En cuanto al maquillaje, se recomienda “discreción”, pocos colores, nada de brillo, nada que llame la atención. Estos son solo algunos ejemplos de aquellas imposiciones sociales con las que se suelen encontrar las personas al pasar cierta edad. Ahora bien, esto no quiere decir que el pelo corto o las polleras largas sean feas o no deban usarse, pero sí demuestra que la sociedad busca esconder todo vestigio de una sexualidad latente en las personas mayores.
Contrario a lo que se suele pensar, la sexualidad es un aspecto central de la vida del ser humano durante la completitud de esta, y si bien es variable y puede fluctuar con el tiempo, así como las prácticas que se disfruten, las personas hacia las que uno se sienta atraído y las experiencias que se buscan vivenciar, ser viejo o vieja difícilmente significa que el deseo desaparezca.
Ahora bien, aunque esta percepción de la tercera edad sea equivocada y demuestre prejuicios sociales sin sustento científico alguno, no deja de ser complejo para las personas mayores vivir sus vidas conforme desearían. Temerosos por el juzgamiento y la mirada de los demás, la sexualidad pasa a ser ocultada y reprimida, perdiendo así una gran herramienta que favorece al bienestar integral: la salud sexual no solo tiene que ver con el placer y la satisfacción, sino que además, influye en el estado de ánimo, reduce el estrés, posibilita un mejor descanso y reparación celular al dormir, aminora la ansiedad, fortalece el equilibrio emocional general y aumenta enormemente las defensas, todos aspectos muy necesarios, en especial, en la tercera edad.
La alternativa al prejuicio
Entonces, si siquiera hablar de la sexualidad de los adultos mayores supone un problema a nivel cultural, es de esperar que el acceso a las citas, los encuentros y al sexo sean más complicados que para otras generaciones. Es así que una importante porción de ancianos se vuelven consumidores del trabajo sexual.
Varias investigaciones -y, seguramente, incontables personas- sostienen que los deseos no disminuyen con la edad, y que los sujetos en la vejez afirman tener la posibilidad de vivenciar orgasmos y pasar momentos placenteros, tanto a través de la masturbación como en el encuentro con otras personas. Dentro del encuentro con otros, aparece el trabajo sexual como posibilitante de suplir una demanda que dista de ser únicamente genital, ya que una buena proporción de usuarios del trabajo sexual buscan, mediante el mismo, conseguir momentos de intimidad y contacto emocional.
Las personas que se dedican al trabajo sexual tienen la posibilidad de dar una experiencia completa a quien los contrata: estos no piden únicamente estimulación genital, penetración o sexo oral, sino que se suma la búsqueda de compartir una conversación, ser abrazados y besados, ser estimulados a nivel corporal no solo en lo genital, sino también mediante un contacto que recorra todo su cuerpo y que, al mismo tiempo, les haga sentir acompañados y apreciados.
Dicho sea de paso, los usuarios suelen encontrar en las trabajadoras sexuales un espacio donde no se penalizan ni se juzgan las disfunciones sexuales ni los cambios corporales, lo cual lleva a que los clientes busquen repetir el servicio con quien les ha generado confianza.
Esto ultimo tiene que ver también con el anhelo de recibir afecto y apalear la soledad, ya que muchos adultos mayores no cuentan con redes de apoyo, y, por ende, el sexo pago se vuelve un espacio donde es posible demostrar vulnerabilidad y erotismo a la vez, sin la presión de los roles de belleza ni los roles de género.
Por supuesto, gran cantidad de adultos mayores recurren a estos servicios simplemente por deseo, aunque cuenten con redes de apoyo, ya que no es necesario contar con una excusa/justificación para tener deseo sexual y buscar sentir placer.
Características de la etapa
Cada momento de la vida (infancia, adolescencia, adultez y vejez) cuentan con sus propias características y factores que las influyen. En contraposición a las etapas anteriores, el momento de la vejez se encuentra signado por la pérdida: del trabajo, de la capacidad “productiva”, y de las personas que uno ama. Amigos, amigas, familiares y parejas, cuando son contemporáneos, pueden perder la vida y generar un vacío en la persona que queda con vida.
Aunque este tenga otros familiares y amigos, cuando las pérdidas son frecuentes comienza la desesperanza y la visión de la muerte como algo inminente. Ante el aislamiento que esto puede producir, el trabajo sexual se configura gracias a una doble vertiente: un vínculo que puede repetirse y sostenerse algo de tiempo, con atención emocional y afectividad, pero sin compromisos.
Sumado a esto, es una realidad que el cuerpo humano, las más de las veces, pierde ciertas funcionalidades y puede adquirir enfermedades al llegar a la vejez. Mas allá de los estereotipos de belleza y de las disfunciones sexuales -que fueron mencionados más arriba-, se cuenta también, en ocasiones, con incontinencia, artritis, y otros numerosos diagnósticos y dolores causados por el desgaste físico del tiempo, influido también por el tipo de vida laboral que se haya tenido (no será igual la corporalidad de un oficinista, de un albañil o de una enfermera, por ejemplo).
De este modo, gracias a la apertura del trabajo sexual y al conocimiento de los y las sexoservidore/as, pueden pactarse dinámicas que escapen al coito-centrismo, empleando técnicas que estén adaptadas a las necesidades y a los deseos de cada cliente, sea este un hombre o una mujer.
Referencias bibliográficas y notas
1 Muy frecuentes cuando se llega a la tercera edad por motivos médicos, psicológicos o por efectos secundarios de alguna medicación, por ejemplo. Ello, sumado a la dificultad a la hora de llevar adelante un tratamiento por vergüenza o miedo, sostiene el problema. Por mencionar algunos, se encuentran usualmente la disfunción eréctil y la eyaculación precoz en los hombres, y la poca lubricación vaginal en las mujeres.
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