Desde que el mundo es mundo, la sexualidad ha sido en sí misma un tema tabú. Se la solía relacionar directamente al sexo y a lo genital.

Con el pasar del tiempo, hemos aprendido que es mucho más que eso, y hemos descubierto aquellos muy variados factores que la componen: no solo lo que tiene que ver con lo médico y lo biológico, como la reproducción, sino también incluye aspectos como la identidad, el rol de género, la orientación sexual, el placer, la intimidad, el erotismo, por mencionar algunos.

Sumado a ello, la sexualidad se experimenta no solo en lo vincular a la hora de tener relaciones sexuales, sino que también se hace a través de los deseos, las creencias morales, las fantasías, las actitudes y comportamientos, y las prácticas que se llevan a cabo. 

Hay tanta variedad como existen personas en el mundo: si no existen dos personas completamente iguales, podemos afirmar entonces que la sexualidad será particular y diferente en cada ser humano. 

Mucho que ya sabemos…

De todos modos, conocemos bastante acerca de ciertos aspectos “generales”, por decirlo de alguna manera, de la sexualidad: científicos a lo largo y ancho del mundo, como psicólogos, antropólogos, sociólogos, médicos, filósofos, y muchos más, han estudiado las formas de relacionarse entre las personas, y las variantes que estas pueden adoptar.

Existen personas homosexuales, heterosexuales, bisexuales, pansexuales, asexuales, en una extensa lista de géneros, cuyas prácticas van desde las “vainillas” (prácticas sexuales alineadas a lo tradicional, donde el encuentro es convencional y únicamente entre dos personas) hasta otras que incluyen el sadomasoquismo, fetiches, juegos de roles, entre otros. 

Se suma también la amplitud ante las posibilidades de elección de aquello que uno desea hacer, por ejemplo, dedicarse al trabajo sexual, mediante lo cual la sexualidad pasa a formar parte de un ejercicio laboral, como también constituir relaciones estables entre no solo dos personas, sino también 3, 4, o más, formando así organizaciones familiares nuevas que antiguamente hubieran sido desconocidas, escondidas, y gravemente juzgadas. Si bien falta cierto avance a nivel social para que los prejuicios sean dejados de lado, podemos pensar que vamos por buen camino. 

Por fortuna, en la actualidad es posible hablar de prácticas sexuales abiertamente, ya que se ha deconstruido la idea de que la sexualidad es algo privado y que debe dejarse para la intimidad de cada quién, como se consideraba hasta hace algunos años. 

Sin embargo, existen algunos aspectos sexuales que aun se encuentran bajo cierta sombra y que necesitan de más abordaje, no solo a nivel social sino también a nivel científico. Un ejemplo de ello son las prácticas sexuales de las personas con discapacidad

La inocencia como condición

Erróneamente, suele considerarse que una persona con discapacidad no tendrá tanto interés en la sexualidad y todo lo que esta acarrea. En muchos espacios se las piensa como personas desprovistas de deseos, fantasías y necesidades sexuales, como si contar con una discapacidad alterara algo tan elemental.

Es así que se suele hablar de este colectivo como “angelitos”, seres tiernos, puros e inocentes, supuestos “niños infinitos”, invisibilizando, e incluso imposibilitando, las necesidades y anhelos de los mismos. 

Sumado a ese equivocado prejuicio social, se agrega el hecho de que algunas personas con discapacidad encuentran difícil el acceso a las relaciones sexuales. Esta dificultad puede representarse por cuestiones físicas o mentales.

Por ejemplo, para algunas personas con neurodivergencias es complicado relacionarse en lo social, ya fuera por imposibilidades propias de cada discapacidad o por la mirada que reciben de los demás en sociedades que aun cuentan con prejuicios sobre esta población.

Entonces, el cortejo, la seducción de una pareja, y todo lo que esto conlleva, se vuelve prácticamente imposible. En otros casos, por ejemplo, en aquellos donde las personas tienen dificultades en el movimiento, discapacidad motriz, ya fuera por lesiones, parálisis, o amputaciones, entre otras, también el equilibrio y la coordinación se ven afectados.

Esto significa que tanto el encuentro sexual con otras personas como la vivencia de la sexualidad en solitario se topan con muros arduos de atravesar. 

Dentro de este panorama, existe un punto positivo: todo se modifica y se facilita si se cuenta con una persona que, con apertura sexual, pueda ayudar y satisfacer a aquel que convive con alguna dificultad.

Es allí donde el trabajo sexual se vuelve no solo una práctica donde el disfrute se posibilita, sino también donde se multiplican las oportunidades de que las personas con discapacidad puedan experimentar su sexualidad y cumplir sus fantasías

El trabajo sexual como la puerta al placer

Toda perspectiva de asistencia social puesta en practica en la historia ha buscado rehabilitar y/o prevenir las complejidades de cada discapacidad. En este contexto, políticas públicas e investigaciones teórico-prácticas han abordado el cómo y con quién casi exclusivamente, dejando por fuera otros aspectos de la discapacidad. Si bien la salud física es muy importante, no es suficiente para asegurar el bienestar integral de una persona. 

Por suerte, algunos países, como Brasil, España, Portugal, Irlanda, entre otros, se dieron cuenta de esta deuda pendiente con la población con discapacidad, y han abordado el asunto, por lo menos, a nivel investigativo. 

Una idea a la que muchos han llegado es que la imposibilidad impuesta a las personas con discapacidad no es debido a las condiciones físicas o mentales, sino que son barreras en el entorno donde el trato hacia unos y otros es desigual. Principalmente, suelen ser los familiares y allegados de las personas con discapacidad quienes encuentran dificultades en verlos como sujetos deseantes. Entonces, se propone al trabajo sexual como alternativa: donde existen dificultades en el acceso, entran en la ecuación las personas sexoservidoras

Dicho sea de paso, en un estudio realizado en Canadá se encontró la falta de intimidad física de personas con movilidad reducida como directamente relacionada a la posibilidad de atravesar depresión y/o aislamiento social crónico. Junto con esta, existen innumerables razones por las cuales es fundamental que los sujetos con discapacidad no asuman el prejuicio meramente social de considerar que sus cuerpos no son deseables por no ser normativos, y que cuenten con la chance de vivir una vida sexual activa y placentera

Del apoyo médico al acompañamiento erótico

Ya no hace falta seguir repitiendo que una vida sexual activa y placentera es parte necesaria para lograr una salud integral. Y teniendo eso en cuenta, se vuelve esencial que el acompañamiento no sea solo médico, psicológico o educacional, sino que también cubra las necesidades sexuales. Es entonces que se dio nombre a la “asistencia sexual”: personas que se dedican al trabajo sexual y que están dispuestas a acompañar las vivencias sexuales de aquellos que lo necesiten. 

En este contexto, se proponen diferentes modelos en la asistencia. Por un lado, se encuentra el modelo autoerótico, donde se favorece el conocimiento propio para lograr autonomía: desde la exploración del cuerpo, de los genitales, y las diferentes sensaciones que se producen en cada parte, para chequear cuales son placenteras y cuales no tanto, hasta el apoyo para la masturbación, factor esencial en todo ser humano.

Entre las acciones que el/la trabajadora sexual lleva a cabo pueden encontrarse desvestir a la persona, colocar juguetes sexuales, alcanzar posiciones, entre otras. 

Por otro lado, se encuentra el modelo erótico propiamente dicho, donde existe interacción sexual entre la persona con discapacidad y la persona sexoservidora. Aquí se busca el placer compartido, donde primordialmente la persona que ejerce el trabajo sexual utiliza sus vastos conocimientos para brindar una experiencia sensorial completa, adaptando los comportamientos a las necesidades del cliente. 

En una tercera posibilidad, se encuentra la alternativa de la mediación, pensada para personas con discapacidad que cuentan con parejas estables y que requieren el servicio para encontrar posiciones cómodas, facilitar la comunicación, o como un plus para salir de la cotidianeidad de la pareja. No olvidemos que el trabajo sexual muchas veces permite vivir fantasías abiertamente, que de otro modo podrían ser más complicadas de conseguir. 

Un avance con pocos pasos

Si bien las personas sexoservidoras cuentan con muchos conocimientos acerca de su labor, la falta de políticas publicas que regulen y enseñen sobre las necesidades particulares de cada población hace dificultoso que cualquier persona pueda acceder a un/una trabajadora sexual. 

En los países en los que la asistencia sexual a personas con discapacidad se encuentra regulada, como Suiza, las sexoservidoras aprenden acerca de las especificidades del trabajo con discapacidad: la motricidad y ergonomía del cliente, para saber cómo movilizarlo sin lastimarlo ni que esto implique un dolor en el cuerpo de la sexoservidora; cómo manejarse cuando hay dispositivos médicos para la higiene o la salud en juego (como por ejemplo bolsas de orina); y también el manejo del apego del cliente, la frustración, y educación sexual básica.

Podemos suponer, claramente, que todo este conocimiento implica no solo una seguridad para la persona sexoservidora, sino que también enriquecerá la experiencia del cliente con discapacidad. 

Lamentablemente, no todos los países son tan avanzados. En la mayoría de los países no existen reglamentaciones ni guías de prácticas correctas para esta labor, lo cual desemboca en cierta inseguridad por parte de trabajadores sexuales, que culmina en un rechazo a la práctica por miedo al desconocimiento técnico y a las implicancias de esta.

O, otra situación es la que lleva a las sexoservidoras a informarse de manera privada, lo cual resulta en más tiempo de aprendizaje y tarifas más altas. En cualquiera de estos escenarios, los más afectados son las personas con discapacidad, que encuentran disminuida su posibilidad de acceder al trabajo sexual. 

El consentimiento como ley primera

Al igual que el trabajo sexual, uno de los pilares fundamentales de la asistencia sexual a las personas con discapacidad es el consentimiento. En este aspecto, el trabajo sexual para personas con discapacidad se encuentra bastante protocolizado.

Por lo general, previo al encuentro se da una entrevista con la persona sexoservidora, con el objetivo de conversar sobre las necesidades, deseos y limitaciones de la persona que accede al servicio, y los alcances de los encuentros, dejando así establecidos los límites que garantizan la seguridad de todas las partes. 

Para concluir, cabe mencionarse que existen movimientos sociales que de una manera reduccionista sostienen que el trabajo sexual es un acto mercantil, desprovisto de consentimiento y sesgado por una “necesidad” o imposibilidad de trabajar en otro ámbito. A su vez, consideran que al “mercantilizarse” el cuidado, el mismo dejaría de ser correcto. 

Como respuesta a esto cabe dirigirnos a los hechos: muchas personas eligen libremente dedicarse al trabajo sexual, como muchas otras disfrutan de acceder como clientela. A su vez, para otras es una oportunidad de vivir situaciones que de otra manera les serían muy difíciles o prácticamente imposibles.

La cuestión es que dentro de la libertad existe la opción de elegir, y juzgar el trabajo sexual o la asistencia sexual a personas con discapacidad no hace mas que seguir imponiendo trabas a la hora del acceso a un sexo placentero y saludable. 

Quienes juzgan estas elecciones no juzgan a la práctica, juzgan a las personas. Y en sociedades donde eso continue nunca podremos conseguir un consenso donde se respete que cada quien satisfaga sus deseos y necesidades de la manera que prefiera, sin imponer que ciertas practicas sean mejores o peores que otras. De ese modo, en vez avanzar, iremos hacia atrás. 

Referencias

Valentina Stagno es Licenciada en Psicología de la Universidad de Buenos Aires y ha finalizado su posgrado en Sexología Clínica. Trabaja/se ha formado en Psicoanálisis y en Terapia Sistémica. Ha realizado 2 diplomaturas en Educación Sexual, una con eje en géneros, diversidades y derechos, y otra específicamente para personas con discapacidad/neurodiversas. Se ha desempeñado como docente en cursos y materias universitarias vinculadas a la Educación Sexual Integral, a la Ética y Derechos Humanos, al Abuso Sexual, entre otras, en la UBA y en otras instituciones. Ha participado como autora en múltiples congresos internacionales y nacionales, abordando temáticas como Vínculos virtuales, pornografía y Tecnologías en la adolescencia, abuso sexual infantil, grooming, sexting, diversidad familiar, bioética y cine, entre otros. Su experiencia clínica incluye atención a niños, adolescentes, adultos, parejas y familias. Además, ha dictado talleres de ESI en contextos educativos y colaborado en traducciones del español al inglés y viceversa. Ha estudiado Italiano y Francés. Cuenta con experiencia en la docencia y en la investigación académica y científica.